Grupo Zeta: negociar con muertos en la mesa

En el Grupo Zeta echaron a la calle a o ocho compañeros el día 28. Las cartas de despido llegaron una a una, en una dinámica cruel, reventando la rutina de las redacciones, inmersas en sacar adelante unas revistas acosadas por la crisis de la publicidad, del papel, de la profesión y de los mercados especuladores. Los diarios ya habían empezado la huelga del 29 de marzo, pero poco importó a los preclaros gestores de Zeta -¿lo hicieron adrede?-. «La paz social es muy cara», había dicho el guardián de los bancos, encarnado en máximo dirigente de un grupo otrora defensor de las libertades. Aún así, el Periódico de Catalunya acababa de llegar a un acuerdo, un espejismo en los tiempos de la reforma laboral.

Pero las revistas de Madrid no tienen la fuerza de un diario. ¿Eso pensaron? «Para qué negociar, primero disparamos a la cabeza, los amedrentamos y luego los bajamos el sueldo, seguro que tragan con todo», ¿pensaron? los responsables del Grupo. Yel tiro les salió por la culata, bueno, un poco por la culata. Cuando el día 28 se entregaba la sexta carta (de ocho), los trabajadores de Zeta Madrid salían a la calle en asamblea y decidían ocupar la planta donde habitan los directivos hasta parar esas ignominiosas cartas de despido a 20 días. Forzados a negociar, los pocos mandatarios que había en ese momento se sentaron con los representantes de los trabajadores. No se consiguió retirar los despidos, pero sí un aplazamiento de una semana a cambio de la apertura de un periodo de voluntariedades para sustituir a los forzosos y unas mejores condiciones indemnizatorias para todos.

Muchos de los despedidos no han querido quedarse. Necesitan el trabajo, pero no están dispuestos a trabajar en una empresa que no cree en ellos. Al final se han apuntado más voluntarios aprovechando el momento y evitando un futuro poco halagüeño, cargado de trabajo y con una rebaja del sueldo en ciernes (un 20% le piden a los trabajadores de Interviú y Tiempo). Los que quedamos estamos abatidos. Queremos -necesitamos- creer en lo que hacemos, pero tenemos sobre la cabeza una espada de damocles para la que sólo cuentan los números de la deuda bancaria.

La dignidad de las cabeceras pasa por el compromiso de sus redactores, algo que no enienden quienes nos disparan a la cabeza y luego pretenden que nos sentemos a negociar el convenio a la baja con muertos en la mesa.

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